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Casi la mitad de la uva mundial ya se destina a consumo en fresco y obliga al viñedo español a reinventarse

El 48 % de la uva producida en el mundo en 2025 se destinó al consumo en fresco, frente al 26 % registrado en el año 2000. Este cambio refleja la transformación del sector vitivinícola y plantea nuevos desafíos para los productores de vino, que deben competir en un contexto de caída del consumo y presión sobre la rentabilidad. Así lo advierte Julio Prieto, ingeniero agrónomo, viticultor y experto internacional de la FAO, quien considera que el viñedo español afronta una crisis, pero también una oportunidad si mejora la gestión de las explotaciones.

Los datos, todavía provisionales, fueron presentados por la Organización Internacional de la Viña y el Vino (OIV) a finales de septiembre, durante el Simposio Internacional de Uva de Mesa celebrado en Murcia. El avance de esta producción se explica principalmente por el crecimiento de Asia, que concentra cerca del 70 % de la producción mundial de uva de mesa.

Para Prieto, esta evolución demuestra que «el vino ha dejado de ser el destino natural de la uva» y que las explotaciones dedicadas a la vinificación deberán justificar su rentabilidad y su posición en el mercado.

Dos modelos para afrontar la caída del consumo

El experto prevé que la reducción del consumo de vino acentuará la división del sector durante los próximos cinco años. Por un lado, identifica una industria concentrada, automatizada y orientada a reducir costes; por otro, vinos vinculados a territorios y paisajes concretos, dirigidos a consumidores dispuestos a pagar por su origen y singularidad.

En este escenario, advierte de las dificultades que afrontarán los proyectos que no apuesten claramente por uno de estos modelos.

La última campaña vitivinícola ilustra, a su juicio, los problemas de rentabilidad. Aunque los indicadores de campo apuntaban en primavera a una cosecha récord de uva para vinificación, el potencial productivo no llegó a materializarse en muchas explotaciones.

Cooperativas Agro-alimentarias de España estima para este año una producción de unos 34 millones de hectolitros de vino y mosto, el cuarto ejercicio consecutivo por debajo de los 37 millones.

Prieto reconoce el impacto de las olas de calor, pero también señala la reducción de tratamientos fitosanitarios, de las medidas preventivas frente a las altas temperaturas y del riego, en un contexto de precios de la uva que no aumentan. «El potencial estaba en la viña y se ha perdido por el camino», resume.

La poda, una fuente de pérdidas acumuladas

Ante esta situación, Prieto defiende revisar las labores que se realizan en el viñedo y determinar cuáles contribuyen realmente a la rentabilidad. El objetivo es concentrar los recursos en las operaciones más eficaces y abandonar aquellas que se mantienen únicamente por costumbre.

La subida del gasóleo, por ejemplo, obliga a valorar con criterios técnicos qué pases de tractor son necesarios y cuáles pueden evitarse. El experto propone gestionar las explotaciones como empresas que buscan rentabilidad, en lugar de reproducir automáticamente las prácticas heredadas.

Entre los aspectos que considera más importantes figura la poda. Según Prieto, determinadas técnicas tradicionales perjudican progresivamente la planta y reducen la longevidad de las cepas. Como consecuencia, algunos viñedos plantados en los años noventa se arrancan con apenas tres décadas, mientras que otras plantaciones históricas llegaron a alcanzar los cien años.

El experto sostiene que «el coste acumulado de podar mal supera el valor de todas las ayudas que recibe el sector vitivinícola español», una afirmación con la que subraya el impacto económico que atribuye a las decisiones técnicas mantenidas durante años.

Sin datos no hay viticultura inteligente

La mejora de la gestión pasa también por disponer de información precisa sobre las explotaciones. Aunque la OIV ha dedicado sesiones de su congreso a la viticultura inteligente y a la inteligencia artificial aplicada al campo, Prieto considera que todavía existe una brecha entre el control económico de las bodegas y el conocimiento técnico de los viñedos.

A su juicio, se necesita medir parámetros como el vigor de las plantas, el equilibrio entre hojas y frutos o el número de racimos y bayas. Estos datos permitirían tomar decisiones más ajustadas a las necesidades de cada parcela y evaluar mejor los resultados de las labores.

«Nos atrae el tractor nuevo y muy poco la hoja de cálculo. Sin datos, la inteligencia artificial no tendrá con qué trabajar», advierte.

Prieto aporta también su experiencia internacional como formador de especialistas de Georgia para la FAO en gestión integrada del viñedo. Recuerda que incluso territorios con una tradición vitícola milenaria están revisando sus prácticas para mantener la competitividad.

«Si el país donde nació el vino, con miles de años de tradición, revisa sus prácticas para ser competitivo, en España no tenemos excusa para seguir diciendo que esto siempre se ha hecho así», señala.

Las viñas viejas y las variedades recuperadas, una oportunidad

Pese a las dificultades, el experto destaca el potencial del viñedo español, que cuenta con un patrimonio de cepas viejas, variedades recuperadas y paisajes vitícolas de gran valor. Estos elementos pueden convertirse en una ventaja para los vinos ligados al origen, uno de los segmentos en los que prevé oportunidades de mercado.

La transformación, concluye, dependerá de la capacidad de cada explotación para combinar conocimiento técnico, innovación y control de costes. «Para quien siga recortando por inercia, los próximos años serán una crisis. Para quien gestione con datos, conocimiento e innovación, serán una oportunidad».