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La Manchuela conquense, a las puertas de la Comunitat Valenciana, reivindica el valor de su lenteja frente a los bajos precios y las importaciones

Texto: Jose Sanchis / Fotografías: Patricia Madrid

La lenteja castellana de La Manchuela conquense comparte con el entorno agrario valenciano la proximidad geográfica y los retos de la agricultura de interior: rentabilidad, comercialización y relevo generacional. En Campillo de Altobuey, David Escribano y su hermano Abel cultivan y comercializan sus legumbres bajo la marca Legado de la Tierra. La cosecha ha sido buena en cantidad y calidad, pero los productores denuncian que reciben precios que no compensan el trabajo y los costes de producción.

 

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David y Abel Escribano, productores de lentejas en Campillo de Altobuey

 

«Tenemos una de las mejores lentejas del mundo, pero nos pagan unos precios muy bajos». Así resume David Escribano la paradoja que afrontan los productores de lenteja castellana de La Manchuela conquense. En la lonja de Albacete, una referencia para el sector, la cotización se sitúa en 0,48 euros por kilo, una cantidad que el agricultor considera «una auténtica miseria».

La problemática resulta especialmente cercana para la Comunitat Valenciana, tanto por la proximidad de esta comarca conquense como por los vínculos entre las agriculturas de interior de ambos territorios. En la Comunitat Valenciana la producción de lenteja es reducida y marginal y la zona de la provincia de Cuenca próxima al territorio valenciano constituye un referente cercano para conocer el cultivo de esta legumbre y las dificultades comerciales que afronta.

La experiencia de los hermanos Escribano refleja un problema que trasciende la propia cosecha como es el hecho de que producir un alimento de calidad no garantiza encontrar compradores dispuestos a remunerarlo adecuadamente. La falta de canales comerciales, la competencia de las importaciones y la escasa visibilidad del origen dificultan que el valor de la lenteja llegue hasta quienes la cultivan.

Una buena cosecha que cuesta vender

La campaña ha sido favorable tanto en producción como en calidad, pero la comercialización continúa siendo el principal obstáculo. La lenteja de La Manchuela destaca por su comportamiento durante la cocción: mantiene la piel intacta, no se despelleja y ofrece una textura mantecosa y un caldo sabroso. Sin embargo, estas cualidades no se traducen necesariamente en mejores precios ni en una mayor presencia en los lineales de los supermercados.

«Esta campaña ha sido muy buena en cuanto a kilos y calidad, pero tenemos muchas dificultades para venderlas», explica Escribano. Uno de los obstáculos es la estacionalidad del consumo. Según relata, los mayoristas argumentan que las lentejas tienen una mayor salida durante el invierno, cuando bajan las temperaturas.

También influyen los cambios en los hábitos alimentarios. Cada vez más consumidores optan por legumbres cocinadas y listas para consumir, en lugar de comprar el producto seco y dedicar tiempo a prepararlo. Esta evolución complica la comercialización de la lenteja tradicional, que necesita una salida estable durante todo el año.

A ello se suma la competencia de las importaciones. «Toda la lenteja que encontramos en los lineales de los supermercados viene de fuera, sobre todo de Canadá y Estados Unidos», denuncia el agricultor.

La desaparición progresiva de pequeños comercios, que tradicionalmente facilitaban una relación más directa entre productores y consumidores, también ha reducido las oportunidades de comercialización. Escribano asegura que las grandes cadenas no suelen comprar la producción de La Manchuela, lo que deja a los agricultores con escaso margen para negociar.

La proximidad con la Comunitat Valenciana y el reto de las legumbres de origen

La Manchuela conquense se encuentra próxima a la Comunitat Valenciana y mantiene una estrecha relación territorial con las comarcas del interior valenciano. Campillo de Altobuey, donde trabaja la familia Escribano, permite acercarse a una realidad agraria compartida por muchos municipios rurales, la necesidad de dar salida comercial a las producciones locales y garantizar que el valor añadido permanezca en el territorio.

En la Comunitat Valenciana, la producción de lenteja es testimonial y la provincia de Cuenca, especialmente su parte más próxima al territorio valenciano, ofrece un referente cercano para conocer este cultivo y sus posibilidades.

La experiencia de La Manchuela plantea una cuestión de interés para los consumidores valencianos: identificar el origen de las legumbres que compran y distinguir entre las producidas en España y las procedentes de otros países. Para los agricultores, esta información puede ser determinante a la hora de competir en un mercado en el que el precio suele tener un peso decisivo.

Escribano considera que la procedencia debería aparecer de forma más visible en los envases. «La gente cada vez está más concienciada, pero al final tú vas a un supermercado y, si tuvieras que estar dándole la vuelta a todos los paquetes, no comprarías. Tú vas, buscas precio, lo echas al carro y te da igual, al fin y al cabo, de dónde venga», reflexiona.

Por ello, propone estudiar una normativa que obligue a destacar el origen en una parte visible del envase. «La principal solución que tendríamos todos los agricultores y toda España es que salga una ley que establezca que el 20%, el 10%, el 15% o el porcentaje que sea del envase tiene que indicar claramente y en grande la procedencia, para que un cliente que vaya a un supermercado la vea», plantea.

El objetivo, insiste, no es imponer una elección al consumidor, sino facilitar que pueda decidir con información suficiente. «Que él decida si quiere coger la lenteja española, la de Canadá o de donde sea. Y que él decida si quiere pagar 20 céntimos más, 30 céntimos. Ya está», señala.

La diferenciación también podría reforzarse mediante una Indicación Geográfica Protegida (IGP) para la lenteja castellana de La Manchuela conquense, cuyo proceso, según la información facilitada por el productor, se encuentra en su fase final. Esta figura permitiría vincular el producto con su territorio y disponer de una herramienta adicional de promoción.

Legado de la Tierra: vender directamente para recuperar valor

David y Abel Escribano están al frente de una explotación familiar en Campillo de Altobuey. Bajo la marca Legado de la Tierra, cultivan y comercializan sus legumbres con la intención de acercar al consumidor una lenteja castellana de categoría extra, reducir intermediarios y conseguir que una mayor parte del valor del producto revierta en quienes lo producen.

 

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Paquetes de lentejas de Legado de la Tierra

 

El proyecto nació de la necesidad de buscar alternativas a los canales comerciales convencionales. Durante años, los hermanos vendieron lentejas en bolsas desde casa, pero encontraron dificultades para acceder a comercios y supermercados porque no disponían de los requisitos sanitarios necesarios.

«Cuando íbamos a muchos comercios, a muchas tiendas, a muchos supermercados, nos decían que si no teníamos registro sanitario, no podemos compraros», recuerda Escribano.

La profesionalización de la actividad les permitió avanzar hacia un modelo con marca propia, envasado y venta dirigida a consumidores que valoran las legumbres de proximidad. La estrategia busca establecer una relación más directa con los compradores y explicar el trabajo que hay detrás del producto.

«Tenemos un sueño, que el legado continúe de generación en generación», resume David.

Pero para que ese objetivo sea viable, la explotación necesita algo más que una buena cosecha y un producto de calidad: requiere compradores y precios capaces de cubrir los costes.

Un cultivo adaptado al calendario agrícola de la zona

La siembra de la lenteja castellana se realiza habitualmente entre octubre y diciembre, mientras que la recolección tiene lugar alrededor de junio. El manejo es relativamente limitado, aunque algunas campañas requieren controlar las malas hierbas.

Escribano explica que el cultivo aprovecha los restos de la cosecha anterior y que en su explotación utiliza pocos fertilizantes y productos fitosanitarios, por lo que describe su sistema como «semiecológico».

Tras la siembra, los agricultores pasan un rulo para compactar ligeramente la superficie del terreno y facilitar las labores posteriores. Esta operación resulta importante porque la planta tiene un tallo corto y la recolección requiere condiciones adecuadas del suelo para evitar daños en la maquinaria.

Mientras muchas explotaciones cosechan directamente con una cosechadora, los hermanos Escribano mantienen un procedimiento inspirado en los métodos tradicionales. Primero siegan la planta cuando todavía está verde y la dejan extendida en cordones sobre el terreno para que termine de secarse. El tiempo necesario depende de las temperaturas y de las condiciones meteorológicas.

Una vez seca, recogen la planta y la trillan para separar el grano de la paja, que se conserva y comercializa como alimento para el ganado. Después, las lentejas se almacenan y reciben un tratamiento de conservación para evitar problemas durante el almacenamiento.

Según explica el agricultor, el producto permanece aproximadamente una semana en condiciones controladas antes de retirar las lonas y ventilarlo para eliminar los olores del tratamiento. Las lentejas pueden conservarse durante varios años si se mantienen protegidas de la luz y la humedad. La última fase consiste en limpiar y envasar el grano para su comercialización.

El azafrán, otra vía para diversificar la explotación familiar

La actividad de los Escribano no se limita a las lentejas. La familia cultiva también azafrán en 2,5 hectáreas bajo la marca La Pesetica, un proyecto gestionado por Patricia, la mujer de David.

La plantación de los bulbos se realiza en julio y agosto, mientras que la floración suele producirse entre octubre y noviembre. La recolección requiere trabajo manual y precisión: las flores pueden aparecer de un día para otro y deben recogerse a primera hora de la mañana, cuando todavía están cerradas.

La familia contempla organizar visitas guiadas para mostrar el proceso de producción, especialmente el del azafrán, y no descarta abrir una tienda en Campillo de Altobuey. Estas iniciativas permitirían diversificar la actividad, reforzar la venta directa y acercar al consumidor al trabajo que hay detrás de los alimentos.

La rentabilidad, una cuestión de futuro para el medio rural

Para Escribano, las dificultades de comercialización van más allá de la situación de la lenteja castellana y afectan a la continuidad de las explotaciones familiares y a la actividad económica de los pueblos.

«Al final, España la vamos a convertir en un desierto, porque si los productores de aquí no pueden vender sus productos y todo viene de fuera, todo va a quedar como un desierto y los pueblos van a desaparecer», advierte.

El agricultor vincula esta situación con la despoblación y la llamada España vaciada. Si las explotaciones no encuentran compradores que paguen precios suficientes para cubrir los costes, sostiene, será cada vez más difícil que las nuevas generaciones continúen con la actividad agraria.

También cuestiona que un país con capacidad para producir alimentos encuentre dificultades para comercializar sus propias cosechas frente a las importaciones. «¿Por qué, si España es deficitaria en todo, no podemos vender nuestros productos? ¿Quién me da esa explicación?», plantea.

Su reivindicación se centra en mejorar la visibilidad del origen, facilitar el acceso a los canales de distribución y conseguir que los agricultores reciban una remuneración acorde con el trabajo realizado.

La experiencia de David y Abel Escribano en La Manchuela conquense muestra que la calidad agrícola necesita una estrategia comercial para traducirse en rentabilidad. Una realidad que, por la cercanía de esta comarca con la Comunitat Valenciana y los desafíos compartidos por las agriculturas de interior, también interpela al sector agroalimentario valenciano.

Para la familia, mantener la explotación significa mucho más que seguir cultivando lentejas: supone preservar el legado de sus padres y abuelos y lograr que pueda continuar en las próximas generaciones.