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Cómo nos afecta el calentamiento del Mediterráneo

* Inma Farran, fundadora y presidenta ejecutiva de Fundación Ona Futura

Durante generaciones, el Mediterráneo ha sido sinónimo de salud y bienestar. Sus aguas templadas, su brisa nocturna, sus baños de mar recomendados por médicos y poetas. Era un refugio, un lugar de alivio, una fuente de vida. Hoy, sin embargo, su capacidad curativa se ve amenazada por una transformación silenciosa pero poderosa: el calentamiento progresivo de sus aguas. Durante el mes de julio, boyas como la de sa Dragonera en Mallorca han registrado temperaturas por encima de los 29 °C, cuando en años anteriores esa cifra no se alcanzaba ni en agosto. El mar ya no nos refresca. Y lo que parece una incomodidad pasajera es, en realidad, una alerta de salud pública.

El mar caliente actúa como un radiador que acentúa las olas de calor terrestres. Ya no existe el “respiro” costero. Ciudades mediterráneas como Palma, Barcelona, Marsella o Nápoles encadenan noches tropicales (>20 °C) y tórridas (>25 °C) sin tregua. La marinada, esa brisa marina que tradicionalmente traía alivio al atardecer, ya no se forma, porque tierra y mar alcanzan temperaturas similares.

¿Las consecuencias? Mayor incidencia de golpes de calor, insomnio, estrés térmico, agravamiento de patologías cardiovasculares y respiratorias, sobre todo entre los más vulnerables: personas mayores, niños, enfermos crónicos. La mortalidad por causas atribuibles al calor ha aumentado en los veranos más recientes. Y el mar, que antes era solución, hoy es parte del problema. Según los expertos, las oleadas de calor sufridas en España en el mes de julio generaron el trágico balance de 290 muertes en Barcelona y 108 en Madrid, directa o indirectamente relacionadas con las altas temperaturas.

En las playas, el baño ya no garantiza bienestar. Las aguas recalentadas son el caldo de cultivo ideal para bacterias marinas como las del género Vibrio. Algunas cepas, como Vibrio vulnificus, están asociadas a infecciones graves en heridas abiertas o a intoxicaciones por consumo de marisco contaminado. Estos patógenos, que antes eran propios de climas tropicales, están expandiéndose por todo el Mediterráneo, incluso hacia el norte, favorecidos por el nuevo perfil térmico del mar.

Tampoco faltan las amenazas invisibles. La microalga Ostreopsis ovata, originaria de aguas cálidas, se ha instalado en nuestras costas y prolifera con las olas de calor marinas. Su presencia ha provocado ya múltiples episodios de intoxicación leve en bañistas, especialmente en la costa catalana: irritación de ojos, tos, fiebre, malestar general. Su toxina se dispersa en el aire con las salpicaduras de las olas, afectando incluso a quienes solo pasean por la orilla. Estas “mareas verdes” apenas se ven, pero se respiran, y nos enferman sin darnos cuenta.

El tercer actor inquietante es la medusa. La especie más común, Pelagia noctiluca, ha proliferado de forma exponencial en las últimas décadas. La razón: aguas cálidas, sobrepesca de depredadores naturales como la tortuga boba, y alteraciones del ecosistema. Muchas playas de Baleares, Cataluña y la Costa Azul han izado la bandera morada –alerta por medusas– durante semanas enteras. Sus picaduras van desde simples molestias hasta reacciones alérgicas graves, problemas respiratorios e incluso paradas cardíacas en casos extremos. El aumento de estos incidentes ha obligado a reforzar los servicios de socorrismo y urgencias costeras, generando un gasto sanitario creciente.

El mar caliente no sólo amenaza al bañista ocasional. También condiciona la cadena alimentaria. Aguas hipóxicas (pobres en oxígeno) y sobrecalentadas propician floraciones de algas nocivas y toxinas que se acumulan en peces y mariscos. Aunque por ahora no se han reportado brotes de enfermedades como la ciguatera en Baleares, la presencia de especies tropicales aumenta el riesgo. Si no se controla, podríamos enfrentarnos a restricciones alimentarias, alertas sanitarias y pérdida de confianza en el consumo de productos locales del mar.

Estamos viendo cómo el Mediterráneo pasa de ser fuente de salud a fuente de riesgo. La costa, antes terapéutica, se convierte en espacio de exposición a agentes patógenos, tóxicos y estrés térmico. Esta transformación tiene un coste social y emocional profundo: para la ciudadanía local, para los turistas, para los profesionales sanitarios que atienden en verano un repunte de urgencias vinculadas al calor o al baño. Y para los niños que crecen sin conocer aquel mar claro, fresco y saludable del que hablaban sus abuelos.

La salud humana está indisolublemente ligada a la salud del mar, y no es posible proteger a la población sin proteger el ecosistema costero. Por ello, la política sanitaria debe incluir el cambio climático y sus manifestaciones marinas como una prioridad, lo que implica invertir en redes de vigilancia epidemiológica y microbiológica en zonas de baño, informar con claridad y antelación sobre los riesgos en playas, formar a los equipos de atención primaria y a los socorristas en nuevas patologías vinculadas al mar, e impulsar campañas de concienciación para turistas y población local sobre higiene, cuidado de heridas abiertas, consumo responsable de marisco y respeto al medio marino.

Pero, sobre todo, significa entender que la solución no vendrá solo desde la medicina, sino desde la acción climática. Reducir las emisiones globales, restaurar los hábitats costeros, contener la tropicalización del mar: todo ello es, también, una política de salud.

El Mediterráneo nos ha cuidado durante siglos. Nos toca ahora devolver el gesto. Porque sin un mar sano, nuestras ciudades, nuestras vacaciones y nuestras vidas estarán menos protegidas, más vulnerables. Y ya lo estamos sintiendo en la piel. Literalmente.

 

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